Por Matías RivasHay síntomas que nos permiten presumir que la narrativa de corte fantástico y alegórico está pasando por una crisis. Es impensable imaginar que una novela de fantasmas, como Pedro Páramo, vaya a poner a la crítica de rodillas, o que toda una generación comulgue con una obra con atisbos surrealistas, como ocurrió en los 60 con Rayuela de Cortázar. Parece que la atención del público se está desviando hacia otro tipo de lecturas: un paseo por librerías es suficiente para constatar que tanto el realismo como la no ficción ocupan cada vez más espacio en los mesones.
Este no es un fenómeno nuevo, pero cada día se agudiza más. No significa ni la muerte de la novela, siempre tan anunciada, ni que hay un divorcio entre escritores y lectores. Lo que me atrevo a sugerir es que vivimos momentos complejos, donde es difícil leer con gusto y digerir lo que no emana de circunstancias plausibles. Un ejemplo: la ciencia ficción dejó de ser un género masivo para convertirse en una expresión de capilla. Nadie puede interesarse en androides cuando la existencia común no da tregua y supera por mucho a lo freak. Tampoco es viable leer historias donde el autor se ha engolosinado con su capacidad para inventar y trata de llevarnos por territorios improbables.
Al parecer el camino más viable para la ficción continúa siendo el realismo. Así lo plantea el crítico norteamericano James Wood en su libro Los mecanismos ocultos de la ficción. Sostiene que éste sigue firme porque asume las complejidades de los personajes, escruta en la vida de ellos hasta mostrarlos como seres vivos, con problemas y aciertos, con ambigüedades. Es lo que nos sucede cuando leemos las novelas de Bellow, Coetzee o Yates. Nos sentimos identificados con sus atmósferas y con los problemas que se exponen. Compartimos algo de los mundos que nos muestran. Se produce una empatía, que es cada vez más ineludible en estos tiempos de apuros y soledad.
Muchos autores, con evidente perspicacia, se han atrevido a probar en otros formatos para contar lo que les apremia sin inventarse máscaras. Algunos decidieron ser ellos los protagonistas de sus obras, otros investigar vidas reales, documentadas. Missing –el último libro de Alberto Fuguet– se inscribe en ambas líneas de la no ficción. Y lo hace con una osadía pocas veces vista. Sin duda Missing es su libro más personal, escrito sin piedad pero también sin mala leche. En él se cuenta como el autor logró encontrar a su tío Carlos, que estaba perdido en EEUU.
Con esa excusa, Fuguet pasa revista a la historia de su familia y a sus propios conflictos. Lo hace con crudeza. Y termina realizando un libro entrañable, tanto como su excéntrico tío.
No deja de ser curioso que sea un libro de no ficción, como Missing, donde la literatura chilena está corriendo los mayores riesgos. En este caso se trata de riesgos personales, por la intimidad revelada, y también de riesgos literarios, porque en el libro el autor adopta distintas maneras de narrar que se complementan. Hay un momento en que escribe monólogos en verso libre, que perfectamente podrían funcionar como poemas. Missing tiene algo emotivo y una textura compleja: es un reportaje, una autobiografía y una novela. Y es también el libro de alguien que busca en otro lo que a él le falta, que sigue sus obsesiones como si fueran mandamientos y que no tiene miedo de enfrentar su pasado y presente.
Pienso en este tema a propósito de que se cumplen 50 años del crimen que relató magistralmente Truman Capote en A sangre fría y de la lectura de Missing de Fuguet. Por asociación, vienen a mi mente otros libros similares que me marcaron, como Patrimonio de Philip Roth, donde el autor cuenta como la enfermedad devoró a su padre, o Esa invisible oscuridad, de William Styron, un breve volumen en el que este escritor confiesa su depresión y sus consecuencias.
*Apuntes Autistas de Alberto Fuguet





